Me gustan los capullos como tú: e l s u i c i d i o t ó x i c o .
Girar la cabeza y sentir la fría brisa invernal directamente en el cuello. Y que una mota de polvo navideño se te meta en el ojo. Y utilizarlo como excusa para llorar sin miramientos, sin preguntas que no quieres contestar.
La Reina de Hielo golpeó fuertemente su cetro contra el suelo y todo tembló. Cayeron las estalactitas del techo justamente sobre ti. Y empezó a nevar. Y la tormenta de nieve no te dejaba distinguir nada más allá de 1 metro. Lo perdiste. Lo acababas de perder para siempre. No te hicieron falta motas de polvo para llorar, pues empezaste entonces a notar cómo un horrible, horrible dolor se te acomodaba en medio del estómago y lo iba devorando todo, tan lentamente que no podías dejar de retorcerte de dolor. Que no lo puedes soportar.
Tus lágrimas caen sobre la almohada y se convierten en los restos de un gran pasado, un presente de mierda y un futuro más que ennegrecido. Y así, vuelas en sueño. Por supuesto, lo ves. Antes de perderlo. Tan guapo como siempre. Más perfecto que nunca.
De pronto, despiertas. Y allí está, esperándote: e l s u i c i d i o t ó x i c o .
