Y dime, ¿quién?
¿Quién ha sido capaz?
Dime, ¿quién ha sido capaz de hacerte eso?
Estamos helados, el mundo desconoce nuestra existencia y temo que tu sangre no nos alimente a los dos.
Sin embargo, me pierdo entre realidades paralelas, entre salones de palacio y sucias escombreras.
Las ratas se me están comiendo los pies, pero no es eso lo que yo veo…
Es un río, tranquilo pero fuerte como cualquier río. Los árboles bailan vals y sonríen al sol. Yo me descalzo y, con cuidado, introduzco mis pies en el agua. La corriente arrastrando mis dedos, es esa sensación la que quiero vivir.
No sé cuánto tiempo ha pasado, pero abro los ojos y tú ya no desprendes vida alguna. Por supuesto, cierro los ojos rápidamente de nuevo, e imagino…
Ese frío que tu cuerpo me da es normal, acabas de salir del río. El agua está bien fresca y tú, a modo de burla, has venido desnuda a empaparme. Yo te maldigo irónicamente y te persigo hasta que acabamos rodando colina abajo y riendo como niños…
El Sol del amanecer me despierta, y ya casi no queda nada de ti. Además de lo que te han comido las ratas, tu brazo derecho, congelado, se ha desprendido. Sin darme cuenta te abracé, y no sé cómo caímos por la ladera del monte en que nos intentamos refugiar. El intenso frío me hace imposible llorar, por lo que me acurruco junto a tu pasado y…
Es primavera y me acabo de despertar de una agradable siesta a la sombra de una roída roca. Con los ojos entreabiertos veo cómo te paseas por entre los campos de amapolas con tu parasol azul, tu favorito. Me miras y agitas el pañuelo blanco de tu bolsillo, yo te devuelvo cordialmente el saludo y disfruto admirando tus formas mientras te acercas más y más a mí.
Tras días sin comer y con una hipotermia que estoy seguro de que va a matarme, me es imposible comprender lo que está intentando decirme este señor de uniforme azul oscuro. Me intenta levantar pero no lo consigue. Yo ya no tengo piernas.
Estoy sentado en una silla de madera bien pulida, y el Sol de media tarde entra por mi ventana. Este Sol es lo que me da vida. Agacho la cabeza y le echo un vistazo al libro que tengo sobre mis rodillas. Quiero levantarme pero este libro pesa mucho y me lo impide. Lo abro y empiezo a leer.
“(…)Condenado a muerte por homicidio.” Miro cara a cara al policía, que se había puesto en cuclicllas. Confuso, intento inútilmente que las palabras escapen del muro de mis labios. Me percato de poco de lo que pasa a mi alrededor, pero creo que ha sacado una pistola.
Son las 7 de la tarde y estamos en la huerta. Nos gusta jugar a rompernos sandías poco maduras en la cabeza. Clara acaba de tirarme una que me ha dolido bastante. De hecho, del golpe me he caído al suelo. Intento incorporarme pero no puedo. Miro hacia un lado y veo cómo la sandía se descompone sobre mi cabeza y cómo su agua rojiza cae por mi rostro. Se ha hecho de noche…
Mi último suspiro. El vaho será mi último recuerdo.
