Realimpresionismo

•mayo 13, 2012 • Dejar un comentario

Noriko Ogawa – Reverie

Y dime, ¿quién?

¿Quién ha sido capaz?

Dime, ¿quién ha sido capaz de hacerte eso?

Estamos helados, el mundo desconoce nuestra existencia y temo que tu sangre no nos alimente a los dos.

Sin embargo, me pierdo entre realidades paralelas, entre salones de palacio y sucias escombreras.

Las ratas se me están comiendo los pies, pero no es eso lo que yo veo…

Es un río, tranquilo pero fuerte como cualquier río. Los árboles bailan vals y sonríen al sol. Yo me descalzo y, con cuidado, introduzco mis pies en el agua. La corriente arrastrando mis dedos, es esa sensación la que quiero vivir.

No sé cuánto tiempo ha pasado, pero abro los ojos y tú ya no desprendes vida alguna. Por supuesto, cierro los ojos rápidamente de nuevo, e imagino…

Ese frío que tu cuerpo me da es normal, acabas de salir del río. El agua está bien fresca y tú, a modo de burla, has venido desnuda a empaparme. Yo te maldigo irónicamente y te persigo hasta que acabamos rodando colina abajo y riendo como niños…

El Sol del amanecer me despierta, y ya casi no queda nada de ti. Además de lo que te han comido las ratas, tu brazo derecho, congelado, se ha desprendido. Sin darme cuenta te abracé, y no sé cómo caímos por la ladera del monte en que nos intentamos refugiar. El intenso frío me hace imposible llorar, por lo que me acurruco junto a tu pasado y…

Es primavera y me acabo de despertar de una agradable siesta a la sombra de una roída roca. Con los ojos entreabiertos veo cómo te paseas por entre los campos de amapolas con tu parasol azul, tu favorito. Me miras y agitas el pañuelo blanco de tu bolsillo, yo te devuelvo cordialmente el saludo y disfruto admirando tus formas mientras te acercas más y más a mí.

Tras días sin comer y con una hipotermia que estoy seguro de que va a matarme, me es imposible comprender lo que está intentando decirme este señor de uniforme azul oscuro. Me intenta levantar pero no lo consigue. Yo ya no tengo piernas.

Estoy sentado en una silla de madera bien pulida, y el Sol de media tarde entra por mi ventana. Este Sol es lo que me da vida. Agacho la cabeza y le echo un vistazo al libro que tengo sobre mis rodillas. Quiero levantarme pero este libro pesa mucho y me lo impide. Lo abro y empiezo a leer.

“(…)Condenado a muerte por homicidio.” Miro cara a cara al policía, que se había puesto en cuclicllas. Confuso, intento inútilmente que las palabras escapen del muro de mis labios. Me percato de poco de lo que pasa a mi alrededor, pero creo que ha sacado una pistola.

Son las 7 de la tarde y estamos en la huerta. Nos gusta jugar a rompernos sandías poco maduras en la cabeza. Clara acaba de tirarme una que me ha dolido bastante. De hecho, del golpe me he caído al suelo. Intento incorporarme pero no puedo. Miro hacia un lado y veo cómo la sandía se descompone sobre mi cabeza y cómo su agua rojiza cae por mi rostro. Se ha hecho de noche…

Mi último suspiro. El vaho será mi último recuerdo.

En pie de guerra

•abril 27, 2012 • Dejar un comentario

Vuelves tus ojos, ahora mirando a Dios sabe dónde, y ya blancos como la leche, comienzas a bailar con la Muerte.

Tu flequillo, empapado de sudor, se abalanza sobre tus ojos.

Hay algo, algo que no te deja respirar.

La habitación, oscura. Luces. Luces. No sé si en blanco y negro o en color.

Entre flashes, un alma en peregrinación retorciéndose de dolor en el suelo.

Vomitas una sustancia negra que pronto lo inunda todo de un sabor especial.

Vomitas. Y sigues vomitando riadas de esa extraña sustancia negra que acabo respirando. Eres el mal. Entra como humo.

Y, de repente, la cegadora luz del baño. ¿Cómo he acabado bajándome los pantalones aquí, a base de coces?

Ahora respiro tu sudor. Demasiado cerca de ti, demasiado cerca del precipicio, del fin, del tentador deseo, del pecado.

De mi boca escapan gemidos que se arrastran por tu cuerpo, cubierto de brillantina.

De tus nalgas escapa una voz que grita y que pide auxilio.

Lo siento, esto es la guerra.

La paradoja de las cuerdas que no vibraban

•abril 27, 2012 • Dejar un comentario

¿Cómo acallar una voz ya de por sí callada?

¿Y si la voz de los que más gritan es una voz imposible?

¿Y si los gritos se escapan de mi garganta como huyen de mis ojos las lágrimas?

¿Y si soy invisible?

Pues que te quiero.

Que te quiero querer.

Que te quiero.

Pero no puedo.

Es así, es la paradoja de las cuerdas que no vibraban, del ukelele que no sonaba, de canciones de amor jamás cantadas, de “te quiero’s” lanzados al infinito sin ser escuchados…

Lanzo mi corazón recién nacido, tiene alas, pero no sé si será capaz ya de volar.

Adicto al amor. Y a tantas y tantas cosas.

Y es que…lo siento.

Soy experto en fallar, pero más experto aún soy en pedir perdón. Me encanta pedirte perdón, decir “lo siento” y que todo pase, que el Sol vuelva a secar la ropa mojada y tendida en la terraza.

Perdón si digo tonterías. Perdón si digo que te quiero.

Reflexiones post-coitales

•abril 25, 2012 • Dejar un comentario

Cuán rápido huye el placer, qué rápido se derrama por entre mis dedos y cuán sutilmente cae sobre tu pierna.

Inhalaste, el último suspiro, antes de estallar en mil gemidos.

Y, al fondo, una ciudad humeante, fumadora y cancerígena, que llora, pues está sumida en una depresión de la que no ve salida.

Y tú, atormentado por la relatividad del tiempo y del espacio, arrancas de cuajo una silla del suelo y la arrojas por la ventana, gritando furioso: “¿POR QUÉ EL PLACER? ¿POR QUÉ EL PLACER? ¿Y POR QUÉ NO EL INFIERNO?”

Tras esa silla cayeron también tus deseos, aquellos irreconciliables con esta vida de hastío, y, tras tus deseos, continuó bajando hasta que tocó fondo un pesado vaho que acompaña siempre a la soledad del mortal invierno.

¿Y qué quedó en la habitación? Una cervatilla asustada por el griterío, un hombre consumido por el saber y una estancia, tan vacía como los corazones de los cazadores nocturnos, que ponen triste a la ciudad profiriéndole insultos y provocándole un malestar bastante complicado de curar.

“La medicina no está preparada para ciudades tristes”. Aquella afirmación no hizo más que asentar aún más la ya presente idea de que este mundo está mal hecho, y que toda la suerte no va para la bondad, sino para esos cazadores asentimentales cuya principal función es dañar, herir y reabrir heridas sangrantes.

Dice la ciudad que el único médico capaz de curarla es el Tiempo, pero que éste parece estar absorto en su torbellino de acelerones y desenfrenos, que ya no se preocupa por aquellos que un día, viéndolo hundido, lo levantaron a golpe de progreso.

Pero no, ahora parece que no pasa el tiempo, y sin embargo parece que corre más que nunca. Una vez alguien me dijo que nadie entiende al Tiempo, mi respuesta no pudo ser más clara: “nadie lo ha intentado aún”.

Anorexia sacramental: no cometan pecado

•abril 23, 2012 • Dejar un comentario

El Columpio Asesino – Floto

¿Y qué dirían todos esos papagayos moribundos si me pongo a bailar sobre tus gastados huesos?

Crack. Un crujido. Y mi sonrisa saca al mismo Satán de los Infiernos.

- Es una visita informal – dijo – sólo para aclarar.

Me dio una manzana que en cuanto cayó en mis manos se empezó a descomponer en pestilentes trozos marrones.

Y un putrefacto hedor a muerte llegó desde la otra punta de la estancia.

Corriendo, entre pasillos clarioscuros, entre cuerpos destrozados, entre sangre y calaveras pintadas en los tejados, consigo llegar, exhausto, al balcón.

Es tal la visión que me vuelvo hacia la puerta y mi estómago comienza a eclosionar y a bañar a decenas de cadáveres de una molesta luz verde fosforescente, que ilumina de una vez por todas el hundido lugar.

Cae el tejado. Astillas como naves que arracan mi piel a tiras. Pero mi piel está podrida, y mi cerebro está corrupto.

¿Y qué si ni Satán me quiere entre sus filas?

El órdago ensangrentado derrama gotas de cristal sobre mi arrugada frente.

Corro. Cabeza abajo. No veo horizonte alguno. Sólo negro. Todo negro.

El número 97. ¡ES EL NÚMERO 97!

Escaleras al Inframundo y yo ni me lo planteo, cojo fuerzas, trago un poco más de este humo que me está matando y aplasto mi pasado con el tacón del mocasín.

Y yo ni pienso. Y yo ni pienso. ¿Acaso sirve de algo pensar?

¡¡¡ESTÁ PROHIBIDO!!!

•abril 22, 2012 • Dejar un comentario

(Silencio)

(Susurrando) Se está a gusto aquí, en el límite de lo que puede ser vivido. Cómo se entremezclan elementos de cuentos de hadas y pestilentes verdades arrolladoras, cómo lo hacen, sin que mis ojos se enteren.

(Ruido)

(Gritando) ¿Por qué caen como piedras, aplastando a los inocentes niños? ¿Por qué somos castigados con este sin-vivir?

(Silencio)

¿Y si es mentira? ¿Y si nos han engañado todo este tiempo?

(Ruido)

¿Y si…

(Silencio)

…nada es imposible?

 

Manto de nieve invisible

•abril 21, 2012 • Dejar un comentario

El tiempo se paralizó durante unos instantes, justo antes de que miles de almas se arrojaran al mar.

Era todo nieve y frío, y sólo el oleaje parecía tener vida en aquel insólito paraje.

Me olvidé pronto de todo lo que había visto hasta entonces, para intentar hacer hueco a todo lo nuevo que estaba por llegar.

Las olas seguían rompiendo contra un precipicio cada vez más y más gastado, cuyas vértebras, puntiagudas, eran afiladas por esta brutal fuerza.

Y tú, con tu vestido blanco, siempre queriendo pasar desapercibida, te sumergiste en los adentros de aquella brava fiera. Te perdí de vista, estalactitas bajo mis párpados. Y tú tan libre, y yo tan preso de tu libertad.

No pasaba nada. El tiempo también se había quedado congelado. Y yo no sabía qué hacer.

Tú, sirena, activa, en vida, eras lo único que se movía, junto al enfurecido mar de invierno. Todo lo demás, quieto, callado, inmóvil, muerto.

No me atreví a ofrecerte mi chaqueta cuando pasaste por mi lado tras escapar del rapto marino, y fue entonces cuando me convertí en un mero ciprés más de aquel bosque en el precipicio, siempre a punto de caer.

La vida de un ciprés es divertida. Me entretengo mirando cómo el viento mece mi copa, y cómo cae la nieve a veces a mis pies, a veces a mi espalda.

Los niños se esconden aprovechando que el invierno aún no ha acabado conmigo, y algunas parejas graban en mí la marca de su amor pasajero, que está de viaje, sin pasaporte, y que pronto tendrá que volver de donde vino, de ese cementerio de corazones que se encuentra más allá de este nuestro precipicio, nuestra única realidad.

Siempre quise saber cómo es ese cementerio de corazones del que tanto me hablaban mis abuelos. Decían que era imposible llegar, pues nuestro mar siempre estaba enfadado, y que por eso no sabían nada acerca de aquello, excepto que fue construído por un arquero que perdió su carcaj en una inútil batalla contra lo que le dijeron que era el mal, y era en realidad su amada. Él reposa allí, tranquilo, al otro lado del estrecho.

Los días en que la niebla disminuye es posible vislumbrar una sutil silueta en el horizonte. Dicen que no es la tierra prometida, pero las ganas de descubrir sobrepasan todo lo demás. Creo que hay un abismo al otro lado. Casi parece un espejo de éste. ¿Y si lo es?

 
Seguir

Get every new post delivered to your Inbox.